
INDOCUMENTADO
Por Juancho Solís de Ovando Segovia
El niño no tiene nombre.
Le dicen Cizarro
porque no supo decir cigarro.
¿O quiso decir desgarro?
El niño no tiene rostro.
Le cubren la cara,
Y también el nombre.
Un periodista lo atrapa,
con su cámara;
y otro le hace preguntas y
se ríe,
del niño que no tiene nombre.
El niño se defiende a patadas,
de muchos periodistas,
de muchas cámaras y
de muchas preguntas.
El niño escupe a un policía,
que lo mete en un auto y
lo esposa;
mientras otro le asegura la capucha y
lo sujeta.
El niño que no tiene nombre
escucha por la radio,
que por él se acaba el SENAME y
la inocencia de los niños
-lo dijo un diputado- y
que deberían pagar hasta sus padres.
El niño está solo y desarmado.
El niño no tiene nombre,
ni rostro,
y ahora tampoco fuerzas;
se las quita una inyección y
una enfermera.
El niño no tiene fuerzas y tiene sueño.
El niño sueña que tiene
rostro,
y fuerzas
y nombre.
Se llama Cristóbal el malo,
Cristóbal de las minas y
de las chelas.
Cristóbal el choro.
CRISTÓBAL.
¡¡ GRANDE CRISTÓBAL!!
Cristóbal no anda solo y anda armado.
Lo siguen periodistas con sus fotos y
los policías lo cuidan y
le temen.
Porque él los delata y
a veces mata;
si no saben su nombre y su prontuario.
Entonces una luz despierta al niño y
de a poco se le aparece
una silueta.
Es su abuela que lo tapa y
lo acaricia.
Y al sentir su mano
en sus cabellos,
el niño se da cuenta que está vivo,
porque llora.
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